EN LA PIEL DE UNA INMIGRANTE: Los seis meses de Nairuma en Panamá

En la piel de una inmigrante: Un hogar por seis meses


Dan las 9 de la mañana del 4 de junio de 2015 en el reloj del teléfono de Nairuma Leal, y un suspiro de esos que encierran temor y nostalgia en un aliento fugaz, es su reacción al llamado que hacen en el Aeropuerto Internacional La Chinita para abordar el vuelo que hará escala en Aruba y llegará después al lugar que será su hogar durante los próximos seis meses. La hora de iniciar su viaje hasta Panamá había llegado.

Antes de subir al avión de Aruba Airlines, Nairuma dejaba escapar lágrimas y sollozos que le quitaban la entereza para despedirse con palabras de su madre, quien con dolor alentaba a su primogénita a partir hasta otro país para al fin poder darle inicio a su vida post universitaria; de su padre, quien desesperanzado se despedía del deseo de tenerla lo más cerca posible una vez culminara sus estudios; y de su hermano menor, a quien con un abrazo de los que arropan el alma le pedía que cuidara muy bien a sus viejos, recordándole que su partida significaba un beneficio para todos. Nairuma partía con la ilusión de conseguir un empleo que le permitiera ayudar con los gastos de su casa en Cabimas.

La despedida hubiera podido contar con más autores de lágrimas y lamentos, pero esas tres almas quebradas viéndola marcharse le fueron suficiente a Nairuma para recordar que la decisión más sensata fue avisarle a sus amigos una vez llegara a su destino.

Nairuma ya antes había salido del país, pero las circunstancias de este viaje no se comparaban con las anteriores, esta vez la ausencia de un acompañante era casi tan inquietante como el llegar para no quedarse de vacaciones. Inmigrante, sería el nuevo adjetivo que la calificaría y al que debería acostumbrarse. 

El vuelo, aunque rápido, se hizo lo suficientemente largo para la mente de Nairuma, quien intentaba dibujar cómo sería su nueva vida, mientras los recuerdos y el deseo de regresar al país que hacía minutos dejaba atrás, pausaban su respiración y llenaban sus ojos de lágrimas, evitando el llanto sólo su temor a que el resto de los pasajeros notara su dolor.

En el Aeropuerto Internacional de Tocumen, se ve bajar de un avión a una muchacha de al menos un metro con cincuenta y cinco centímetros de estatura, con una cabellera lisa y negra pura, casi tan larga como la mitad de ella misma. Llama la atención su color piel canela, que junto a sus ojos color café con una pizca de tono amarillento, no dejan pasar desapercibida a la venezolana de 22 años de edad que ha llegado a Panamá con tantas ganas de trabajar como de aprender a resignarse que su recién otorgado título de abogado no será una útil carta de presentación.

Luego de pasar con éxito por inmigración, sólo el clima y las voces a su alrededor fueron suficientes para que Nairuma asimilara que ya no estaba en su país, y que necesitaba con urgencia ver el rostro de su amiga de la infancia, ese ángel temporal que le daría almohada y abrigo durante los días de búsqueda de empleo.

La tan emocionalmente agitada llegada sólo pudo ser amortiguada por largas horas de conversaciones y momentos con su amiga, quien con tono de aliento y esperanza trataba de tranquilizar a la morena de ojos claros, convenciéndola que oportunidades de empleo sobrarían para una joven tan atractiva como ella.

El primer amanecer en Panamá para Nairuma, le anunciaba que debía guardar bajo la almohada prestada las emociones que casi no la dejaron dormir en toda la noche, e iniciarse en la búsqueda por el empleo que la ayudaría a ser un sustento económico extra para su familia.

Fueron más de tres lugares potenciales lo que visitó Nairuma en el primer día, y fueron muchos más donde le arrojaron la pregunta "¿tienes papeles?", a la que con un dolor punzante en el pecho respondía lo obvio. No sabía si era su estatura, su aspecto o su voz de menor o de venezolana, o si sencillamente la suerte no jugaba a su favor ese día, lo único que sabía era que ya se había escondido el sol, y no tenía nada con qué alegrarle la noche a su mamá cuando ésta le escribiera por Whats App o la llamara por Skype. Aunque para su madre, el sólo escuchar la voz de su hija, era suficiente para dibujarle una sonrisa y comenzar un discurso de motivación que ayudaría a Nairuma a conciliar el sueño.

De nuevo Nairuma despierta bajo un amanecer ajeno, que no siente suyo, arropada por un clima que si bien se asemeja al calor zuliano, no termina de convencerla, escuchando un acento que por más que lo digan, no está cerca de parecerse al suyo. Las ganas de escuchar un "chévere" de su gente son casi tantas como la de encontrar empleo en su tercer día en Panamá.

¿Cuáles son las probabilidades de conseguir empleo como inmigrante en un día donde los potenciales locales que habrían de recibirla, estaban repletos por el emocionante final de la Liga de Campeones de la UEFA? Mínimas, pero existentes al fin. Nairuma anotó el gol de su victoria en el último lugar que visitó ese día, y fue el último porque tan rápido como preguntó por una oportunidad de trabajo, le dieron su primera orden: "Cámbiate y te vienes, comienzas hoy mismo".

La emoción no encontraba acomodo en el diminuto cuerpo de la venezolana que se regresaba entre apurada y desesperada a la residencia de su amiga en búsqueda de un short negro, una franelilla blanca y un par de tenis. Ese era el uniforme para su primer día de trabajo en un restaurante bar nocturno en el centro de Panamá, del que no sabía más que lo dicho por su amiga cuando le avisó, "ahí pagan bien".

No contaba Nairuma con que la solidaridad de sus compañeras de trabajo la harían regresar con 50 dólares de propina. Por ser su primer día, no tenía mesas asignadas para que los clientes le dieran la suya propia, por lo que las "saloneras", como llaman los panameños a las meseras, recolectaron entre todas para que la nueva venezolana no se fuera con las manos vacías en tan agitada noche de trabajo.

Nairuma no era la única venezolana en el restaurante, ni tampoco la única inmigrante. En su lugar de trabajo tenía para escoger entre nacionalidades y acentos, pero entre tanta diversidad, la alegría de escuchar a más de uno soltar un "chévere" era suficiente para regresar antes del amanecer a su residencia y dejarle notas de voz a sus padres contándoles cómo había sido cada día en el trabajo. O en su caso, la noche.

Fueron pocas las veces en las que Nairuma trabajó en "horario de oficina", su horario y su metabolismo estaban invertidos, y casi tan inestables como su permanencia en el trabajo. Aunque los momentos eran gratos, el miedo por encontrar al jefe con el humor opaco, era el café con el que acompañaban el desayuno todos los trabajadores del restaurante. No se mantenía en secreto que él no era un sujeto de los que meditaba las circunstancias antes de despedir a quien lo sorprendiera el día que se levantara con las direcciones cruzadas y a quien, por supuesto, no cumpliera con su trabajo. No hay ley que proteja a los indocumentados. Sin embargo, su trato con Nairuma siempre fue muy "chévere", aunque no fuera venezolano.

Pero más que el mal genio de su jefe, en la lista de preocupaciones que tenía Nairuma marcada en su mente durante las primeras semanas, la número tres era vivir en residencia compartida con una familia colombiana, de quienes lo único que extrañaba eran los momentos en los que se ausentaban. La número uno era no tener papeles, y la número dos, no tener seguro médico.

De las cosas que más extrañaba Nairuma, era la habitación espaciosa que había dejado en Venezuela. La residencia que le costaba más de medio sueldo era casi tan pequeña como un baño, y las condiciones eran tan grises, que lo más alentador era tener un ventilador que hacía menos tormentoso el silencio de la soledad.

Con el paso de las semanas, Nairuma hacía nuevas amistades, entre las cuales encontró a quien se convirtió en su compañera de habitación en un apartamento, o como con su acreditado inglés se daba el lujo de llamarla "roommate".

Saber inglés fue un as bajo el uniforme que le ayudó a ganarse la confianza de su jefe. El restaurante bar donde trabajaba era muy visitado por extranjeros y personalidades, y sólo hacía falta que llegara un "gringo" al lugar para que Nairuma anotara otra mesa en su agenda de la noche. Para ella, sus favoritos cuando de propina se trataba. Los venezolanos, como se dice en la tierra de Nairuma, muy "pichirres y agarrados".

El norte de Nairuma siempre estuvo bien dibujado, nada era más importante que ayudar a llevar el pan de cada día a su hogar en Venezuela, y fue esa motivación la que llevó a "Carolina" a ser la primera en ventas durante muchas noches.

Su primer nombre se prestaba a confusiones en el pago, por lo que decidió desde el primer momento ser conocida como Carolina y usar al fin el nombre que guardaba su mamá para los regaños que merecían las travesuras que cometía.

Pero la ventaja que llevaba en el trabajo le costó 200 dólares. En una de las tantas noches de mesas repletas y clientes exigentes, y luego de un malentendido frente a una compañera, desaparecieron de su cartera 200 dólares que bien pudieron rellenar la despensa de su casa en Venezuela. El calor y la rabia que corrían por sus venas fueron capaces de atravesar los mensajes que escribía a su mamá por el teléfono, descifrando la señora que bien conocía a su hija, que las lágrimas de dolor y soledad evitarían que el nombre de "Carolina" fuese visto esa noche en lista como la primera en ventas.

Más de una vez tuvo Nairuma que secar sus lágrimas y continuar gracias a la voz de sus padres, que a pesar de la distancia, la tecnología los hizo sentir tan cerca como ella hubiese deseado. Pero no hubo medio de comunicación que calmara el deseo de acabar con la ausencia de su familia cuando un absceso absorbió el bienestar de la morena, evitándole trabajar con la destreza que la caracterizaba.

Se le hace difícil a Nairuma contar la cantidad de amaneceres que recibió intentando dormir sobre un pequeño charco en su cama, pero el día que más retumba en su cabeza fue cuando no pudo preparar desde la distancia el cumpleaños de su padre, como sí lo había hecho con el de su madre. Desde la torta hasta regalos fueron detalles que coordinó la venezolana desde su residencia en Panamá, para no hacer sentir su ausencia en la celebración familiar.

Quien hubiese tenido una lupa en el momento, habría visto cómo cada lágrima traía grabado un nombre, el silencio de la soledad permitía escuchar cómo su llanto sonaba a nostalgia.

Hay momentos que Nairuma trata de no recordar, y entre esos está el día que debió correr cual manada de roedores junto a sus compañeros de trabajo hasta el fondo del centro comercial donde estaba el local, haciendo una parada silenciosa y apretujada en unas escaleras, para evitar que por una visita sorpresa, Migración viera a un montón de extranjeros sin papeles trabajando en un restaurante bar nocturno en el centro de la ciudad. A pesar de las risas que vienen después de esos ratos, el susto transformado en adrenalina no es de las cosas que quisiera Nairuma vivir de nuevo.

Después de varios meses de vivencias, malos ratos, salidas entre amigos, se acerca la fecha tope para regresar a Venezuela antes que se cumplan los seis meses que tenía permitido Nairuma permanecer en Panamá, pero factores que quizá no consideró al inicio comienzan a afectar la decisión, entre ellos la intensificación de la crisis en Venezuela y lo mucho que el jefe confía en ella. Para ese momento, "Carolina" seguía figurando entre las primeras en ventas.

Una de las decisiones más difíciles que debió tomar Nairuma en Panamá, fue anunciarle a su jefe sobre su partida y dejar el empleo que la ayudó a cumplir con el propósito que sirvió como motor para continuar cuando la desesperanza se vestía de enfermedad, de inestabilidad, de soledad y de tristeza, pero su intención de regresar continuaba intacta.

Buenos momentos, buenas personas y una meta cumplida fue lo que empacó Nairuma en compañía de los amigos que dejaría en el país que la hizo madurar más rápido de lo que habría planeado. La despedida se pintó con lágrimas, tragos, promesas y regalos, y el cariño con el que despidieron a la venezolana esa noche, casi confunde a Nairuma, haciéndola sentir por un instante que ya estaba de vuelta en Venezuela. 

Tres días antes de expirar los seis meses, Nairuma bajaba las maletas del taxi que la dejaba en el Aeropuerto Internacional de Tocumen, acompañada esta vez de los amigos que dejaría atrás sin la certeza de si volvería a verlos algún día, pero con la esperanza de un mañana menos trajinado que le permita reencontrarse con quienes la ayudaron a que sus días fueran menos difíciles, menos grises, menos solitarios.

La emoción de ver de nuevo a sus padres y su hermano se acumuló por las horas de retraso en el vuelo, y el amor no entendió de cordura cuando la puerta que dividía el reencuentro de una familia separada por las circunstancias del país, se abrió para que Nairuma corriera hasta los brazos de quienes la esperaban, dejando salir las lágrimas más sinceras que jamás se le hubieran escapado.
Hoy Nairuma está de vuelta en Venezuela, soñando junto a su familia que el país se direccione hacia el norte correcto, pero con la ilusión de volver a ver a quienes dejó en el país que la acogió por seis meses completos.

“¿Si regresaría a Panamá? Hay un dicho que dice que uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida, y yo puedo decir que amé mi momento en Panamá a pesar que estaba lejos de mi familia”. 


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