En la piel de una inmigrante (Periodista maracucha relata su travesía en Islandia)




He de confesar que reencontrarme con mi YO periodista no ha sido fácil. Debo admitir que intentar escribir unas pocas líneas referentes a cualquier tema sobre mi país, la situación la cual atraviesa o inventarme alguna pendejada que decir, me ha costado más de lo que pensé.



Hasta hace 18 meses tenía la facilidad de redactar varias páginas sobre un tema en específico teniendo tan solo un poco de información. Hoy, siento que necesito todo un día para poder redactar.

El cambio de vida que he sufrido desde que salí de Venezuela ha puesto “en pausa” mis pasiones, mis costumbres. Pareciera que he olvidado todo lo que sabía para adentrarme en un mundo totalmente nuevo, en él, como una niña pequeña, aprendo a caminar de nuevo.

Mi nombre es Yoana. Soy una orgullosa maracucha que dejó su tierra el 20 de agosto de 2014 buscando mejores oportunidades de vida, seguridad personal, y la posibilidad de tener aquellas cosas que en Venezuela me estaban siendo negadas.



Como dije al principio, soy Comunicadora Social, graduada en la Urbe; y voy a admitir que, cuando emigré, tenía un trabajo estable en un periódico reconocido de la región Zuliana (si, tan mal tampoco estaba). Sin embargo, así como todos, era víctima del hampa. Debía esconder mi teléfono en mis partes íntimas cuando estaba en la calle, realizaba una “operación comando” cada vez que salía de mi casa para evitar ser atracada y me daba miedo ir hasta a la panadería. Así que un buen día agarré mis “peroles” y me largué.

Vine a dar a Islandia. Una islita chiquita muy cerquita del Polo Norte que tiene no más de 350 mil habitantes.

Aquí soy una bebé recién nacida y en pañales. Pero "sola". Aquí no hay mamá y papá que ayuden cuando el panorama se pone fuerte. Ninguno de nosotros, inmigrantes, tenemos hermanos, primos, o amigos a quienes recurrir (aunque para ser clara en mi caso particular tuve la fortuna de tener aquí una prima, casi hermana, su esposo e hijas que me esperaban con los brazos abiertos z que sin ellos hubiera sido imposible hacer esto).

En Islandia he aprendido a hablar una vez más (porque el idioma es diferente al nuestro) he aprendido a caminar nuevamente (para saber moverme por estas calles) y me he probado a mí misma de qué estoy hecha.

Mi amado periodismo quedó atrás. Por ahora. Aquí soy una simple inmigrante que se gana la vida sirviendo mesas en un restaurante y ganando el dinero justo para vivir.

Estoy segura que a todos los que hemos partido de nuestro querido terruño nos ha pasado igual. Llegamos a otra nación a servir a los locales. A trabajar para ellos, limpiar sus baños, hacer su aseo, cuidar a sus niños o inventarnos cualquier oficio que nos saque las patas del barro, económicamente hablando.



Llegamos a vivir en lo primero que encontremos, así sean pocas las comodidades que tengamos. Lo que sea es bueno con tal de tener un techo sobre nuestras cabezas. E indiscutiblemente las prioridades cambian. Ya no queremos tener dinero para comprar el celular de moda para presumir con nuestros amigos. Ahora queremos que el poco dinero que se nos paga nos alcance para cubrir los alimentos y la renta de todo el mes.

Ahora ahorramos cada centavo que podemos para comprar una tarjeta telefónica internacional que nos permita llamar a nuestros seres queridos al menos una vez a la semana y hacerles saber que “estamos bien”.

Todas nuestras costumbres y hobbies quedan “en pausa” mientras comenzamos a echar raíces en la tierra a la cual nos mudamos.

También somos subvalorados en los nuevos empleos. Además de que nos toca hacer lo que sea que encontremos, nos pagan mal. Por el hecho de ser inmigrantes nos exigen más tiempo de trabajo del normal y la retribución es muy poca. Los jefes se amparan en el pensamiento de “como necesita el dinero hará lo que sea, cuanto tiempo sea necesario y con el menor sueldo posible”. Algo así como que “a ese, a lo que sea, le va a decir que si”.

Lo peor del cuento es que muchos, para no decir que todos, no estamos claros de cuáles y cómo funcionan las leyes en el país para el cuál emigramos. Y como buenos venezolanos, estamos acostumbrados que las leyes no funcionan para nada o son tan corrompibles que no le prestamos la atención necesaria y nos dejamos explotar.

Pero la peor parte de todo el cuento de emigrar es que, como me dijo una querida amiga cuando yo me iba a mudar, “lo verdaderamente importante para ti, no te cupo en la maleta”.

Una vez fuera de Venezuela, te das cuenta de lo verdaderamente rico que eras así tuvieras poco dinero. Al estar solo, comienzas a valorar hasta las peleas diarias con tus padres por haber dejado una media sucia en el medio de la sala o por no lavar el plato en el que almorzaste.

Extrañas olores, colores, rostros. Y me atrevo a decir que muchas mujeres sienten nostalgia de no escuchar más los piropos vulgares que les lanzaban en la calle. Y si tomas la decisión, como yo, de mudarte a un país 100% opuesto al nuestro, hasta el inclemente clima y sol venezolano vas a extrañar.

Como dice la canción “el viento juega cantando gaitas”. Al pasar de los meses, te matan las ganas de un rico patacón callejero, o de una magnífica cachapa. Te sonríes al recordar el “esparda con esparda” de los choferes de los autobuses y como dejar por fuera el “meta la mano, meta la mano” cuando caminas por el centro en la cacería del transporte público.



A pesar de las cosas buenas siempre hay algo que te hace recitar “y esta nostalgia que mi alma mata, colma mis ansias de regresar”…

Emigrar no es sencillo, ser un inmigrante es el doble de complicado. Hay miles de cosas positivas, pero no es color de rosas como cualquiera lo puede hacer ver. No es montarte en el avión y ¡PUM! Cambio de vida maravilloso y sin problemas algunos. Eso no existe, eso nada más pasa en las películas.

Sin embargo, al final de la jornada, cuando por una llamada de Skype ves a tu familia y te hacen saber lo orgullosos que están de ti por lo bien que lo estás haciendo. Cuando al pasar de los años, que no son ni dos ni tres, sino más de 5 o 6, empiezas a recoger los frutos de lo que con tanto esfuerzo cosechaste; pero sobre todo, cuando tienes en tus manos la posibilidad de regalarle a aquellos que amas, la posibilidad de vivir mejor, sin miedo, con seguridad y ofrecerles calidad de vida, te dices: “TODO VALE LA PENA”.

Texto: Yoana Fuenmayor Giraldo.


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